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martes, 3 de diciembre de 2013

Objetivo primordial: Mejorar la productividad y la competitividad de la empresa en tiempos difíciles



"La mejora de la productividad ha de orquestarse, sin duda, en cada organización, y abordarse tras un análisis riguroso, con amplia visión de presente y futuro".

Objetivo primordial: Mejorar la productividad y la competitividad de la empresa en tiempos difíciles.

No cabe duda de que debemos mejorar nuestra productividad y competitividad. Así es, aunque quizá el análisis no resulte siempre certero, porque esta necesidad nuestra viene de lejos y no se avanza de modo satisfactorio.

Deben existir factores varios, de diversa índole, que restan efectividad productiva a los esfuerzos; pero a veces se pone el énfasis en algunos que acaso no sean los más relevantes, y no falta quien recuerda lo de los arenques rojos.

La mejora de la productividad ha de orquestarse, sin duda, en cada organización, y abordarse tras un análisis riguroso, con amplia visión de presente y futuro. Cada empresa es soberana al respecto en sintonía con sus intereses y objetivos, y cuenta con los datos correspondientes. Pero surgen observaciones generales, caben reflexiones libres, porque mucho se habla, sí, de nuestros niveles de productividad y competitividad.

Desde el empresariado y como factor causante, a menudo se apunta al absentismo de los trabajadores, aunque también se viene señalando en estos una falta de motivación o de formación. Sin embargo, a la vez hay voces que nos recuerdan la baja calidad directiva que padecemos, y que se subraya en foros económicos internacionales. Pueden surgir factores más específicos, pero detengámonos en estos más generales.

El absentismo laboral se puede reducir, y de hecho parece haberse reducido con la crisis; sin embargo, nuestros trabajadores figuran, en Europa, entre los que más horas trabajan, como asimismo entre los más sobrecualificados. Acaso porque en el debate sobre el absentismo acabamos llegando a ciertos callejones sin salida, se ha introducido también en la argumentación el denominado absentismo “virtual”, a veces llamado “presentismo”.

Montse Rodríguez, asesora laboral en BDO Abogados, decía: “No habremos evolucionado en los Recursos Humanos desde la época industrial si en las empresas continuamos preocupándonos por el absentismo presencial y no nos preocupamos por el absentismo virtual. Según los últimos datos a los que he tenido acceso, el 77% de los empleados disponen de correo electrónico y lo utilizan para fines personales durante su jornada laboral”.

Al lado de Rodríguez, parece haber un 23% restante de personas ejemplares en este aspecto, que no utilizan el correo —ni acaso el teléfono— para fines personales en su trabajo. Pero aquí podrá haber quien advierta, junto a la ejemplaridad o integridad, alguna dosis de cierto integrismo…

La preocupación por este absentismo virtual se manifiesta a veces de modo muy preciso. En este sentido la asesora laboral mencionada recurre a sus “últimos datos” para añadir que “el 53% dedica al menos 30 minutos diarios a gestionar su correo particular, que suponen casi 14 días laborables de una jornada anual”.

Además prosigue diciendo que “hay que sumar a dicho tiempo el de navegación con motivos particulares, estimados en 40 minutos diarios, y que a su vez suponen 18 días laborables adicionales”. (Se nos dibuja de modo llamativo, pero no se oculta que son estimaciones y tal vez podría estar resultando excesivo este despliegue aritmético).

Hablando también del absentismo virtual o presentismo, Alicia Jiménez, directora de Evolución 21, sostiene que, en ocasiones y en el escenario de la crisis, “el empleado no se arriesga a estar de baja, acude al trabajo, pero con falta de motivación y haciendo más horas para proyectar una imagen más positiva, cuando esas horas extras no implican que se trabaje más”. Jiménez apunta una reducción de las ausencias y, aunque no generaliza, señala a la vez la prolongación de la jornada como una mera apariencia de sobreesfuerzo.

No obstante, habríamos de aceptar igualmente la existencia de casos en que se añade trabajo a los empleados para amortizar puestos de compañeros despedidos; de casos en que los trabajadores se ven de algún modo instados u obligados a hacer horas extras no remuneradas; de casos en que surgen necesidades imprevistas a última hora… Quizá pueda relacionarse, asimismo y a veces, la prolongación de jornada con el aprendizaje permanente, con la necesidad de buscar información en Internet sobre un determinado tema…

Por otra parte un estudio de Regus decía que casi la mitad de nuestros trabajadores (42%) —cabría relacionarlo con la economía del saber— se lleva con frecuencia trabajo a casa, e igualmente parece cierto que son muchos los que prolongan de modo regular su jornada laboral. No obstante y en efecto, viene hablándose menos de esto y más del absentismo, sea físico o virtual.

En general, el empresariado dice ver en el absentismo una importante merma de productividad. Por ejemplo, Roberto Centeno, presidente de Atitlan afirma: “Hasta que no se ponga freno al absentismo en nuestro país, vamos a tener una productividad muy baja, lo que va a impedir crear puestos de trabajo”. Se llega, sí, a señalar este hecho como “principal causante de la baja productividad española”, aunque puedan surgir algunas reservas cuando se explicitan los tipos de absentismo, es decir, cuando se empieza a especificar al respecto.

Hay también, en efecto, quienes señalan la baja calidad directiva como “gran causa” de nuestros niveles de productividad y competitividad, y hasta llega a cuantificarse el peso de este factor en un 60%. Quizá deba ir por aquí el análisis más a menudo, para ver qué falla en los peores directivos frente a los mejores: si falla la formación; si falla la integridad; si fallan los valores; si faltan facultades cognitivas como el pensamiento estratégico y sistémico, o la visión de futuro; si faltan habilidades sociales como la comunicación con los subordinados, o la catálisis de los cambios; si sobran estreses y ansiedades…

A la hora de mejorar la productividad, ya no podemos pensar, como hace cien años, que la única forma posible consiste en trabajar más duro o más horas. Entonces llegó el denominado “management científico” (Taylor, los esposos Gilbreth…) para mostrar que se podía trabajar con mayor dosis de eficiencia organizándose debidamente, y ahora estamos ya en la era del saber y de la globalización, con demandas funcionales muy específicas. Como nos recordaba Montse Rodríguez, ya no estamos en la típica época industrial.

Se viene consolidando la economía del conocimiento, de la innovación, del capital humano…, y se habla del trabajador del saber y el pensar (knowledge worker, thinking worker). Obviamente, el sentido común obliga ya a contar con lo de pararse a pensar; obliga a separar esto muy bien del concepto traído de absentismo virtual. Esta reflexión no resulta tan baladí, porque realmente pensamos en cualquier momento y lugar. Las mejores ideas se nos pueden ocurrir en casa, o, por ejemplo, en el trayecto a la oficina.

Conclusión.

Nos preguntamos cómo mejorar la productividad, y esto parece pasar por la mejor expresión del capital humano; por la más idónea manifestación de la inteligencia y los conocimientos de directivos y trabajadores.

En la medida en que reduzcamos a estos últimos a seguir las instrucciones de sus jefes-líderes, o a seguir estrictamente el procedimiento desaprovecharemos más posibilidades y en este sentido parece evidente que sería una pena, llegado el caso, tener a trabajadores dados al aprendizaje permanente, que se vean obligados a aplicar únicamente los conocimientos técnicos que ya tuvieran sus jefes.

Fuente. José Enebral Fernández/ Managers Magazine

domingo, 20 de octubre de 2013

Una necesidad vital en las organizaciones: Mejora de la productividad y la competitividad



"No cabe duda de que debemos mejorar nuestra productividad y competitividad. Así es, aunque quizá el análisis no resulte siempre certero, porque esta necesidad nuestra viene de lejos y no se avanza de modo satisfactorio. Debe haber factores varios, de diversa índole, que restan efectividad productiva a los esfuerzos; pero a veces se pone el énfasis en algunos que acaso no sean los más relevantes".

Una necesidad vital en las organizaciones: Mejora de la productividad y la competitividad.

La mejora de la productividad ha de orquestarse, sin duda, en cada organización, y abordarse tras un análisis riguroso, con amplia visión de presente y futuro. Cada empresa es soberana al respecto en sintonía con sus intereses y objetivos, y cuenta con los datos correspondientes. Pero surgen observaciones generales, caben reflexiones libres, porque mucho se habla, sí, de nuestros niveles de productividad y competitividad.

Desde el empresariado y como factor causante, a menudo se apunta al absentismo de los trabajadores, aunque también se viene señalando en estos una falta de motivación o de formación. Sin embargo, a la vez hay voces que nos recuerdan la baja calidad directiva que padecemos, y que se subraya en foros económicos internacionales. Pueden surgir factores más específicos, pero detengámonos en estos más generales.

El absentismo se puede reducir, y de hecho parece haberse reducido con la crisis; sin embargo, nuestros trabajadores figuran, en Europa, entre los que más horas trabajan, como asimismo entre los más sobrecualificados. Acaso porque en el debate sobre el absentismo acabamos llegando a ciertos callejones sin salida, se ha introducido también en la argumentación el denominado absentismo “virtual”, a veces llamado “presentismo”.

Montse Rodríguez, asesora laboral en BDO Abogados, decía meses atrás: “No habremos evolucionado en los Recursos Humanos desde la época industrial si en las empresas continuamos preocupándonos por el absentismo presencial y no nos preocupamos por el absentismo virtual.

Según los últimos datos a los que he tenido acceso, el 77% de los empleados disponen de correo electrónico y lo utilizan para fines personales durante su jornada laboral”. Al lado de Rodríguez, parece haber un 23% restante de personas ejemplares en este aspecto, que no utilizan el correo —ni acaso el teléfono— para fines personales en su trabajo. Pero aquí podrá haber quien advierta, junto a la ejemplaridad o integridad, alguna dosis de cierto integrismo…

La preocupación por este absentismo virtual se manifiesta a veces de modo muy preciso, y por ejemplo esta asesora laboral recurría a sus “últimos datos” para añadir que “el 53% dedica al menos 30 minutos diarios a gestionar su correo particular, que suponen casi 14 días laborables de una jornada anual”. Y proseguía diciendo que “hay que sumar a dicho tiempo el de navegación con motivos particulares, estimados en 40 minutos diarios, y que a su vez suponen 18 días laborables adicionales”. (Se nos dibuja de modo llamativo, pero no se oculta que son estimaciones y tal vez podría estar resultando excesivo este despliegue aritmético).

Hablando también del absentismo virtual o presentismo, Alicia Jiménez, directora de Evolución 21, sostiene que, en ocasiones y en el escenario de la crisis, “el empleado no se arriesga a estar de baja, acude al trabajo, pero con falta de motivación y haciendo más horas para proyectar una imagen más positiva, cuando esas horas extras no implican que se trabaje más”. Jiménez apunta una reducción de las ausencias y, aunque no generaliza, señala a la vez la prolongación de la jornada como una mera apariencia de sobreesfuerzo.

No obstante, habríamos de aceptar igualmente la existencia de casos en que se añade trabajo a los empleados para amortizar puestos de compañeros despedidos; de casos en que los trabajadores se ven de algún modo instados u obligados a hacer horas extras no remuneradas; de casos en que surgen necesidades imprevistas a última hora… Quizá pueda relacionarse, asimismo y a veces, la prolongación de jornada con el aprendizaje permanente, con la necesidad de buscar información en Internet sobre un determinado tema…

Por otra parte y hace también unos meses, un estudio de Regus decía que casi la mitad de nuestros trabajadores (42%) —cabría relacionarlo con la economía del saber— se lleva con frecuencia trabajo a casa, e igualmente parece cierto que son muchos los que prolongan de modo regular su jornada laboral. No obstante y en efecto, viene hablándose menos de esto y más del absentismo, sea físico o virtual.

En general, el empresariado dice ver en el absentismo una importante merma de productividad. Por ejemplo, Roberto Centeno, presidente de Atitlan, decía tiempo atrás: “Hasta que no se ponga freno al absentismo en nuestro país, vamos a tener una productividad muy baja, lo que va a impedir crear puestos de trabajo”. Se llega, sí, a señalar este hecho como “principal causante de la baja productividad española”, aunque puedan surgir algunas reservas cuando se explicitan los tipos de absentismo, es decir, cuando se empieza a especificar al respecto.

Hay también, en efecto, quienes señalan la baja calidad directiva como “gran causa” de nuestros niveles de productividad y competitividad, y hasta llega a cuantificarse el peso de este factor en un 60%. Quizá deba ir por aquí el análisis más a menudo, para ver qué falla en los peores directivos frente a los mejores: si falla la formación; si falla la integridad; si fallan los valores; si faltan facultades cognitivas como el pensamiento estratégico y sistémico, o la visión de futuro; si faltan habilidades sociales como la comunicación con los subordinados, o la catálisis de los cambios; si sobran estreses y ansiedades…

A la hora de mejorar la productividad, ya no podemos pensar, como hace cien años, que la única forma posible consiste en trabajar más duro o más horas. Entonces llegó el denominado “management científico” (Taylor, los esposos Gilbreth…) para mostrar que se podía trabajar con mayor dosis de eficiencia organizándose debidamente, y ahora estamos ya en la era del saber y de la globalización, con demandas funcionales muy específicas. Como nos recordaba Montse Rodríguez, ya no estamos en la típica época industrial.

Se viene consolidando la economía del conocimiento, de la innovación, del capital humano…, y se habla del trabajador del saber y el pensar (knowledge worker, thinking worker). Obviamente, el sentido común obliga ya a contar con lo de pararse a pensar; obliga a separar esto muy bien del concepto traído de absentismo virtual. Esta reflexión no resulta tan baladí, porque realmente pensamos en cualquier momento y lugar. Las mejores ideas se nos pueden ocurrir en casa, o, por ejemplo, en el trayecto a la oficina.

Conclusión.

Nos preguntamos cómo mejorar la productividad, y esto pasa, en la economía de que hablamos, por la mejor expresión del capital humano; por la más idónea manifestación de la inteligencia y los conocimientos de directivos y trabajadores.

En la medida en que redujéramos a estos últimos a seguir las instrucciones de sus jefes-líderes, o a seguir estrictamente el procedimiento, quizá estaríamos desaprovechando posibilidades. Sería una pena, llegado el caso, tener a trabajadores dados al aprendizaje permanente, que se vieran empero obligados a aplicar únicamente los conocimientos técnicos que ya tuvieran sus jefes.

Fuente: José Enebral Fernández/ Managers Magazine.

martes, 24 de mayo de 2011

Dirección de organizaciones en entornos competitivos: Midiendo la calidad gerencial


” La vida es lo que ocurre mientras estamos ocupados haciendo planes” (John Lennon)

El sello de la calidad directiva

Los próximos años, el término competitividad va a ser el factor más relevante en la toma de decisiones, tanto a nivel empresarial como macroeconómico.

La competitividad es la variable fundamental sobre la que se está redistribuyendo el crecimiento y la riqueza en el mundo. Ni las materias primas, ni las posibilidades de mera financiación serán la clave en el progreso, sino el talento bien formado, su competitividad. Si el talento no es competitivo, no es útil.

La competitividad constituye el elemento principal en el que un país, y cada una de sus organizaciones, se juega su futuro. Estamos hablando de algo así como de la “supervivencia de la especie” -en términos darwinianos- llevada al mundo organizativo.

La calidad directiva es probablemente el elemento más determinante para lograr que una organización sea competitiva. En el último estudio de la OCDE se constata que la mejora en productividad de un país -a lo largo de las dos décadas estudiadas- debe atribuirse en un 45% a la inversión en bienes de equipo y en el 55% restante a la inversión en capital humano. Las TIC son importantes, pero juegan un papel instrumental.

En el caso de España la calidad directiva es todavía deficiente: Ocupa el puesto número 26 de la OCDE según el World Economic Forum (The Global Competitiviness Report 2009-10).

Medir la calidad directiva

La calidad directiva de una organización puede, en cierto modo, medirse. Disponemos de herramientas fiables y robustas que permiten conocer el nivel de gestión alcanzado por las personas que dirigen: no tanto por su preparación académica, ni siquiera por su trayectoria; sino por el nivel desplegado en su gestión.

Para medir la calidad gerencial que tiene una persona se han empleado tradicionalmente dos elementos: los conocimientos teóricos que tiene (estudios académicos en dirección de empresas, MBA’s, etc.) y su trayectoria profesional (cómo se ha desenvuelto en diversos escenarios). Son dos componentes necesarios para aproximarnos a la “potencialidad” de ese individuo como gerente; pero no miden su capacidad de gestión in actu (en acción). No siempre quien tuvo retuvo. Con más motivos en entornos velozmente cambiantes como el presente.

En la actualidad existen herramientas que permiten conocer la calidad de gestión que está alcanzando una persona en circunstancias concretas y en un momento específico. No nos referimos a los resultados alcanzados por esa persona (variable cuantitativa o evaluación del desempeño), sino a cómo está consiguiendo esos resultados (variable cualitativa o calidad de su gestión).

Hoy en día, existe una gran variedad de sellos de calidad, certificaciones, agencias de certificación, etc. para diversas áreas de la empresa. Sin embargo, hasta ahora no contábamos con algo equivalente en un tema tan relevante como la calidad directiva, para impulsar la competitividad de nuestras organizaciones.

Los autores de este trabajo han diseñado un Modelo para conferir un Sello de Calidad Directiva.

El análisis para lograrlo debe pivotar sobre las tres dimensiones esenciales que configuran a un equipo de dirección de máximo rendimiento:

a. Nivel en competencias directivas transversales (visión de negocio, capacidad estratégica, etc.);

b. Nivel de compromiso con el proyecto y la empresa, y;

c. Nivel de sinergias de equipo.



Cómo se mide la calidad directiva

El Modelo de Sello de Calidad Directiva propuesto se lleva a cabo sobre una valoración global de 300 puntos. Esto es así porque cada una de las tres dimensiones mencionadas (gerencial, nivel de compromiso y sinergia de equipo) tiene un valor máximo de 100 (ver Cuadro 1).



Cuadro 1: Medir tres variables

Estas tres dimensiones nos ofrecen una tabla de valores que nos permite baremar la calidad directiva que tiene la organización.

Tabla de valores: Puntuación calidad directiva de la empresa

300 - 240 Excelente

239 - 200 Alta

199 - 180 Medio

179 - 150 Atención

149 – 0 Deficiente


Este modelo, además de posibilitar medir el nivel de calidad directiva que tiene nuestra organización, ayuda a establecer una comparación respecto a otras del entorno, a detectar fortalezas y a conocer las áreas de mejora.

A. Medir y desarrollar competencias directivas

Para conocer el rendimiento de un equipo directivo, lo primero que habremos de medir es el nivel alcanzado en sus competencias gerenciales: visión estratégica de negocio, capacidad de negociación, dirección de personas, etc.

El Feedback 360º sobre competencias directivas nos dará una descripción real del nivel alcanzado por el equipo de dirección; y una radiografía precisa sobre la operativa de gestión desplegada por cada uno de los miembros del comité de dirección.

Hay que tener en cuenta que la variable más fiable –y es la que se utiliza- es la que denominamos “media externa” (media de la valoración que han dado a ese directivo todo su entorno: jefe, pares y colaboradores). Tanto el modelo de competencias directivas utilizado como la forma de implementarlo constituyen un elemento clave para que todo el proceso sea fiel y exacto.

Con ello obtenemos un diagnóstico completo del nivel competencial de cada uno de los directivos y del conjunto del equipo: con su mapa de puntos fuertes y débiles; perfil directivo del equipo y zonas ciegas del directivo (ver Cuadro 2).


Cuadro 2: Feedback 360º del comité de dirección

El objetivo es conocer el valor que alcanza todo el equipo de dirección en sus competencias gerenciales. La valoración máxima es de 100 puntos; y se considera un nivel de gestión excelente a partir de los 80 puntos sobre la valoración externa (excluyendo la propia).

B. Medir y gestionar el compromiso

Las empresas que tienen entre manos un proyecto de importancia y de largo alcance precisan directivos comprometidos. ¿Puede medirse el compromiso de las personas clave en la organización?, ¿cómo se hace? ¿quién debe realizarlo?, ¿puede conocerse el coeficiente de rotación que tiene mi comité de dirección?, ¿cómo se gestiona?

También hoy en día disponemos de herramientas que permiten medir e impulsar el compromiso de las personas clave en una organización.

Básicamente consiste en medir el compromiso a través de dos variables: por su intensidad y por su fidelidad en el tiempo. De ahí podremos obtener el Índice de Rotación estimado para el comité de dirección a tres años vista. Se trata de un dato relevante para la dirección general.

Con este punto de partida, la gestión del compromiso se llevará a cabo mediante los diversos instrumentos que existen para impulsar el compromiso: trabajar la visión compartida, afianzar el reconocimiento, construir un Plan de Trayectoria Profesional para las personas con mayor potencial, buscar la polivalencia o el outplacement cuando es preciso, son algunas.

La valoración máxima es de 100 puntos; y se considera un nivel excelente cuando el Índice de Rotación del comité de dirección se encuentra entre el 10-20% a tres años vista.

C. Medir la sinergia del comité de dirección

Es frecuente que un comité de dirección que está integrado por “x” personas que en sí mismas son competentes, cuando trabajan en equipo su capacidad global ni siquiera es la suma de sus capacidades individuales (x), sino que mengua a x-1 ó x-2 por las disfunciones que se producen entre ellos. La sinergia (o potencia) del equipo existe; y por tanto hay que medirla.

Pero, ¿cómo se mide la sinergia de equipo?, ¿qué elementos la constituyen?, ¿cómo se libera esa potencia?, ¿qué factores bloquean esa energía?

También en esta cuestión hemos desarrollado herramientas fiables que permiten medir el nivel de sinergia (o potencia) que alcanza un equipo de trabajo. Básicamente consiste en realizar un doble análisis: cuantificar la capacidad de cada miembro del comité de dirección para integrarse y trabajar en equipo; y medir la sinergia total alcanzada por el conjunto del equipo.

A la vista de este análisis se llega a determinar si un equipo de trabajo es de Alto Rendimiento, o tiene Alto Potencial o se considera de Alto consumo (es decir, cuando el trabajo entre todos ellos produce disfunciones y/o un desgaste inoperante en capacidades y energías).


Cuadro 3: Medir la sinergia de equipo

El resultado de este análisis es conocer el valor que alcanza el equipo de dirección como equipo de trabajo. La valoración máxima es de 100 puntos; y se considera un nivel de sinergia excelente a partir de los 80.

Conclusión

La calidad directiva de una empresa (la de cada uno de sus directivos y de su conjunto) es un factor crítico para lograr que la empresa sea competitiva y excelente. Es más que aconsejable que se mida, se diagnostique e impulse en su crecimiento.

Así como ya existen organismos que verifican y certifican otros aspectos más periféricos de la empresa (gestión de riesgos laborales, medio ambiente, calidad de servicio, responsabilidad social, etc.), hasta ahora no había instituciones que ofreciesen una certificación solvente en esta área.

A partir de ahora las organizaciones que lo deseen podrán cuantificar y certificar la calidad directiva con la que cuentan.

Fuente: Mariano Vilallonga y Javier Fernández Aguado/ Executive Excellence